El arquetipo lunar

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El arquetipo lunar

Desde épocas antiquísimas la observación de la bóveda celeste reveló al ser humano la función del Sol y la Luna, astros de igual tamaño aparente y con los efectos más evidentes sobre la Tierra y el hombre.

Por ello, fue una obvia consecuencia el hecho de que estos cuerpos celestes cumplieran la función de arquetipos naturales y crearan una serie de correspondencias con muchos fenómenos que, a simple vista, parecían no poseer elemento alguno en común con los dos astros.

Los símbolos solares y lunares son típicos de todas las culturas: asiática, mediterránea, europea, indoamericana.

En ellos se contraponen la divinidad masculina y la femenina del Sol y la Luna, respectivamente. De la primera divinidad, positiva, patriarcal, ha surgido el culto de un “dios masculino de la razón”, expresión de fuerza, lógica, coherencia, potencia; de la segunda, en antítesis con la primera, ha nacido el de la “diosa-madre lunar”, símbolo de subconsciente, irracionalidad, inspíración, magia, etcétera.

El culto solar se desarrollaba preferentemente en sitios elevados o en la cima de las montañas, los hombres eran los únicos sacerdotes y regían leyes morales muy severas.

Por el contrario, el culto lunar se oficiaba preferentemente en los bosques, las grutas, los cursos de agua, los valles, tenía mujeres como sacerdotisas y se practicaban las artes mágicas, los rituales sexuales, la religión del placer.

Las dos dinastías, la solar y la lunar, como símbolos de dos polaridades, expresaban también dos concepciones religiosas opuestas. La primera, que atribuía al Creador del Universo el sexo masculino, proclamaba el respeto por la mujer, pero profesaba la supremacía patriarcal. La segunda, por el contrario, atribuía a la divinidad creadora el sexo femenino, extendiendo su significado también a las fuerzas de la naturaleza en sus expresiones más violentas y terribles. Este culto favorecía precisamente la inspiración, la magia, la poligamia.

Las dos concepciones religiosas, en antítesis entre sí, expresaban el “secreto de la doble naturaleza humana”, que hallamos en tiempos modernos en la psicología jungiana y que está expresada en casi todas las filosofías esotéricas, que tienden a reunir en un todo único el universo visible y el invisible.

“Todo está en Todo” afirmaba Hermes Trismegisto, por ello lo masculino en lo femenino y lo femenino en
lo masculino; pero los hombres incapaces de comprender plenamente su significado, engañados por la polaridad de la manifestación, favorecen una u otra. Los aspectos “femenino” y “masculino” se tornan antagonistas irreductibles y, a través de los tiempos, dan lugar a religiones y gobiernos patriarcales o
“matriarcales. Estos gobiernos exaltan sus propias cualidades y combaten por todos los medios las del otro.

El dominio patriarcal tiene alrededor de ocho mil años, pero el culto matriarcal-lunar ha sobrevivido hasta hoy bajo aspectos diferentes.

Este último hunde sus raíces en el arquetipo lunar y en el de la Tierra-Madre que, por importancia, ha sobrepasado al solar en algunos períodos.

En efecto, es muy probable que los ritos de la fertilidad y de la Tierra-Madre hayan sido las primeras formas humanas de culto. El hombre prehistórico, para sobrevivir, debía confiarse sólo en su habilidad de cazador, en la pesca y en una agricultura rudimentaria. La tierra generosa que daba sus frutos, y las aguas, igualmente generosas, que daban alimento, a veces se tornaban madrastras estériles, hostiles. La sequía, los terremotos, las inundaciones, las marejadas, las tempestades, significaban carestía y muerte. Para el hombre primitivo, éstas eran todas manifestaciones de cólera de la Diosa-Madre, de Ceres-Deméter, y entonces él intentaba convencerla con ofrendas y ceremonias que imitaban las funciones de la misma Tierra-Madre.

Los más sensibles, los más inspirados, los más mediúmnicos, se tornaban sacerdotes y sacerdotisas de la Tierra-Madre y de la fertilidad, y no se hacía gran distinción entre la diosa de la Tierra y la diosa de la Luna.

Establecer una relación entre la fertilidad de la tierra y de los animales y aquélla de la mujer debe haber sido muy fácil. La mujer genera como la tierra, da el fruto de su vientre, “nutre” con la leche de su seno. Además la mujer es mutable, sensible, imprevisible, entonces está influenciada también por la Luna …

Luna, Tierra, mujer, fertilidad, magia, violencia y sexo, se tornan casi sinónimos para el hombre arcaico y producen mil mitos distintos. No obstante, su común denominador se mantiene invariable: lo femenino se vive como liberación de los instintos, fuerza interna irresistible, irracional y terrible.

El mito de Deméter y Perséfone (como veremos, otra expresión lunar-negativa o Lilithiana) expresa muy bien este concepto.

Deméter, la diosa de la fertilidad, se aleja dejando a su hija Perséfone en una gruta, con la prohibición de salir en su ausencia, de juntar flores o escuchar la voz de Eras (dios del amor) porque éste es astuto y sugiere “pérfidos consejos”.

Perséfone, sin embargo, trasgrede la voluntad materna y, tentada por Eras, va a buscar un narciso azul. Apenas corta el tallo, la tierra se abre bajo sus pies y Plutón, dios de los infiernos, la rapta y la lleva a su reino subterráneo.

Al regresar Deméter y no hallar a su hija: se abandona al llanto y la desesperación y, tan concentrada está en su dolor, que impide a la tierra dar sus frutos, a los animales aparearse, a las embarazadas dar a luz.

Júpiter, apiadado y preocupado por los efectos destructores de la cólera de Deméter, obtiene de Plutón que Perséfone trascurra seis meses en los infiernos con su esposo y seis meses en la tierra.

Perséfone, escondida o invisible, es similar a la Luna nueva y ambas representan lo femenino desencadenado, sin frenos, y por consiguiente se asocian a Lilith; por eso la ebriedad, la inspiración, la
exaltación, en una palabra los estados anormales, se relacionaban con las fases lunares y los cultos ligados a ellas, que entonces se consideraban sagrados. Las sacerdotisas lunares, inspiradas y mediúmnicas, practicaban los rituales de la fertilidad abandonándose a sus pulsiones inconscientes y a una sexualidad instintiva, sin control y sin frenos morales.

Las sacerdotisas de la Luna, denominadas también “Bacantes”, difundían el reino del placer, de la licencia, de la crueldad. Éstas, con serpientes rodeando su persona, profesaban el culto de Hécate infernal y adoraban a Baco subterráneo. Las cuatro razas humanas (la blanca, la amarilla, la roja y la negra) que se sucedieron en los gobiernos terrestres, han considerado siempre al Sol y a la Luna como formas visibles de la divinidad. En la India, Irán y en otras zonas de Asia las manifestaciones paranormales, la videncia y la profecía, fenómenos más frecuentes en el sexo femenino, hacían que la mujer tuviera un papel de relevancia en los gobiernos de las tribus.

Los druidas, dado que los celtas eran un pueblo influido por la dinastía femenina o lunar, afirmaban “que poseían poderes mágicos, que predecían el futuro, que cambiaban la forma física, que emitían encantamientos que causaban muerte y locura (mal de Luna), que producían la invisibilidad, en síntesis casi todos los poderes atribuidos a las brujas” (C. Wilson: “Misterios”).

Las druidas celtas, compañeras e inspiradoras de los hombres, en un principio fueron tenidas en gran cansideración par sus dotes de prafecía y videncia.

Sin embargo, en el trascurso del tiempo. ellas abusaran de su poder, intentando. mantener su dominio mediante el terror de los sacrificios humanos, cansiderados indispensables para que la divinidad fuera propicia.

Ram, sacerdote y legislador de esta raza, logró sin embargo establecer un equilibrio. entre la profetisa cruel y vengativa, y la mujer esclava y sometida, es decir los dos tipos que coexistían en esa época, confiriéndole a la última la función de sacerdotisa del hogar, símbolo de la divinidad que genera mediante su polaridad, que es, por consiguiente, esposa y madre, igual en dignidad al hombre.

Las cosmogonías populares hindúes recogidas en las “Purana” o en el antiquísimo poema épico “Mahabharata” hablan también de dinastías solares y lunares.

La dinastía solar tenía siempre reglas morales extremadamente severas, sostenía la necesidad de la oración, el culto de los antepasados y la supremacía masculina. La lunar afirmaba que la divinidad era de sexo femenino, practicaba las artes mágicas, los ritos orgiásticos, la idolatría y adoraba a la diosa Kali (o “la oscura”), divinidad de la destrucción y la muerte, con cuatro brazos como las cuatro fases lunares. Las guerras sanguinarias entre los Pandava o Hijos de la Luna y los Kurava o Hijos del Sol se narran precisamente en los poemas mencionados y tuvieron fin sólo con la llegada de Krishna, que logró establecer una armonía temporaria entre las dos polaridades.

Las Amazonas y las Valquirias, aunque en tiempos y lugares distintos, pertenecen por derecha al culto femenino o lunar, y los Gitanos se declaran aún hoy “Hijos de la Mujer” o “Hijos de la Luna” y profesan la libertad como única religión.

El culto de la Diosa-Luna o de la Tierra-Madre hace posible la hipótesis de que, en un principio, lo femenino con todas sus implicaciones, incluidas la mediumnidad y la inspiración, tuvo la supremacía sobre la raza humana. Sólo más tarde la lógica solar habría triunfado sobre lo inconsciente lunar.

El psicoanálisis mismo, con su teoría sobre lo consciente y lo inconsciente, es decir el aspecto diurno y el aspecto nocturno de la psiquis, lleva a Jung a la conclusión de que el nacimiento del Ego es posterior al del inconsciente primordial.

Pero el culto patriarcal, de reglas mucho más severas y racionales, de a poco comenzó a censurar y condenar los rituales de locura y pecado, lo que produjo la gradual supresión del culto lunar oficial, que para sobrevivir tuvo que oficiarse cada vez más secretamente.

La Luna y la mujer

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